Mansilla de las Mulas – Hospital de Órbigo 53 km

La crónica de este día tiene dos partes claramente diferenciadas, la primera de las horas de pedaleo y la segunda la estancía en el Albergue Verde . http://www.albergueverde.es/

Después de la kilometrada record decidimos tomarnos con un poco más de calma la etapa de hoy y Hospital de Órbigo parece una buena opción.

Nos levantamos antes de lo previsto por el soniquete de los velcros y cremalleras. Nos acordamos a los peregrinos de la tarde anterior y del que se acercó a las literas.  De la misma manera que hay un horario de luces y silencio por las noches, así debería de haberlo para las horas de salida de los albergues. Todos tenemos el mismo derecho al descanso y no me vale eso de “vete a un hotel” porque nuestra respuesta es “que se vayan ellos”.

Desayunamos fantásticamente en el bar del albergue y cuando la claridad nos dejó, nos pusimos en marcha. Hace fresquito.

El camino discurre paralelo a la N601 y aunque hay muchos peregrinos podemos progresar con bastante tranquilidad. A veces hay que circular por el arcén de la carretera y con el tráfico que tiene no es muy seguro ni para las bicis ni para los que van a pie. De esa manera llegamos a Villamoros de Mansilla y Puente Villarente.

Seguimos dirección a Arcahueja a través de una pista llana y bastante buena hasta que empieza un repechón de lo más feo y estrecho que termina en un polígono industrial, está lleno de hierbajos que ni siquiera el trajín peregrino del verano ha logrado domar. No nos extraña que haya chinches y garrapatas en algunos albergues. Desde arriba vemos que vamos paralelos a la autovía hasta llegar a una pasarela que cruzamos para poner rumbo a una de las capitales de la reconquista y del que fue todopoderoso Reino de León.

Entramos en León pero lo cierto es que no tenemos mucha idea de por donde vamos, pedaleamos por una avenida muy ancha en un carril bici de lo más cómodo. Hemos dejado de ver las flechas y preguntamos a dos viandantes que no tenían ni idea. 

 En el mismo carril bici vemos pintado un cruce. Por un lado se va al albergue de las Carvajalas . Como no vamos a las Carvajalas continuamos por el carril bici. Esperábamos ver alguna señal indicativa de la catedral o ver sus torres por algún lado, pero nada de nada. 

Seguimos por la misma avenida hasta que nos damos cuenta que estamos saliendo de la ciudad y que vamos subiendo por una carretera que nos acerca a un polígono industrial y zona de chalets adosados. Nos hemos equivocado y no tenemos ganas de deshacer camino. Lo cierto es que ni desde lo alto vemos la catedral ni el casco antiguo. La gente tiene problemas para salir de León pero nosotros lo hemos hecho  sin saber pero fácilmente, pero eso si, no hemos visto absolutamente nada ni hemos podido sellar.

Por la N 120 (había flechas en las farolas) llegamos a la Virgen del Camino sin buscar a la Virgen ni al Camino.  Fué como una aparición porque no pensábamos estar tan cerca. Tuvimos que atravesar el pueblo pedaleando  por el acerado debido al tráfico tan intenso y peligroso que llegaba desde el acceso cercano de la autovía A66. Después de un momento de dudas porque veíamos a algunos peregrinos retroceder sobre sus pasos retomamos el trazado al final del pueblo (está muy mal señalizado)  y a través de cómodos  caminitos al lado de la nacional pasamos por Valverde del Camino, Villadangos del Páramo y San Martín del Camino

A partir de aquí  la etapa es mucho más divertida por el mismo tipo de sendero al lado de la carretera  pero como ahora tiene tendencia a bajar se convierte en muy disfrutón hasta Hospital de Órbigo.

Todas las fotos hasta aquí han quedado en alguna parte perdida de la memoria del móvil porque no aparecen.

Antes de la una de la tarde nos recibe el puente del “Paso Honroso”. Impresiona cruzarlo.

Explanada donde se celebran las modernas justas

Un poco de culturilla

Cuenta la historia antigua que allá por el año xacobeo de 1434 el caballero Suero de Quiñones vivía preso de amor por la dama Leonor de Tovar. Para demostrar la intensidad de su imaginado presidio de amor se colocaba todos los jueves en el cuello un pesado aro de hierro junto a una cinta azul en la que estaba escrita su historia.  Este tipo de términos carcelarios era el que utilizaba para describir su pasión.

Con el deseo de dar muestras de su honor y valentía convenció a nueve amiguetes para que lo apoyaran en una hazaña sin precedentes ,celebrar un torneo en el que todo caballero que quisiera cruzar el puente tenía que participar obligatoriamente. Debía de romper 300 lanzas (tres por cabeza) para poder librarse del pesado yugo que le producía su amor. Si conseguía el reto recuperaría la libertad de su alma desprendiéndose  para siempre del collar con el que se autocastigaba una vez a la semana   Con tan romántico propósito se celebró durante un mes el Torneo del Paso Honroso. Sus reglas fueron las siguientes

1. Aquel caballero o gentilhombre que desee cruzar el Paso Honroso ha de batirse con Suero de Quiñones o uno de sus nueve compañeros hasta romper tres lanzas, o dejar sus armas en prenda y vadear el río a pie.
2. Se da garantía a los caballeros que acudan de que contarán con traje, armas y caballo adecuado a su honor;
3. Los participantes deben dar su nombre, títulos, procedencia y estado;
4. Los participantes no podrán elegir a su oponente; sólo sabrán a quién se han enfrentado después de romper tres lanzas;
5. La lanza que haga sangre, cuenta como una lanza rota;
6. El que sea herido en la justa no podrá participar hasta terminado el torneo;
7. Serán jueces del torneo Pero Barba y Gómez Arias de Quiñones. 
 
A pesar de no conseguir romper las 300 lanzas prometidas los jueces dieron por completado el desafío como premio al tesón y al valor de Don Suero y fue despojado del pesado aro en una ceremonia tildada como de solemne por los cronistas de la época.
 
Una vez terminado el  torneo, el caballero y sus nueve amigos peregrinaron a Santiago de Compostela llevando como ofrenda un aro de oro adornado de joyas y la cinta azul del anillo original de hierro. Aun se conservan en la catedral santiaguesa.
 
Si no se piensa en la locura me es imposible comprender esta historia. Se casó con Leonor y tuvo dos hijos.
 
Como conmemoración de aquel evento desde 1997 y en la  primera semana de junio se celebran en Hospital de Órbigo las justas medievales del Passo Honroso. Son fiestas de interés turístico regional.
Llegamos pronto al albergue. Nos recibe Asier. Nos llama la atención que lo haga descalzo pero lo justificamos pensando que no nos esperaba tan pronto y que estaría haciendo algo en el jardín. A los dos minutos de estar conversando nos damos cuenta de que debíamos de haberle interrumpido algún tipo de viaje nirvánico porque parece que tiene las neuronas flotando.
 

Guardamos las bicis y subimos a la habitación. Lo primero que  llama la atención es lo limpio que está. Es el más limpio de todos en los que nos hemos alojado en todos nuestros caminos. Las sábanas son blancas,  están impolutas y recien planchadas. Un alemás y una pareja madrileña llevan dos días alojados allí.

De pronto aparece  Mincho. Una mezcla de Jesucristo hindú, hippy y metrosexual. Mincho es mayor que nosotros, tiene el pelo canoso, largo, muy limpio y cuidado, totalmente liso, parece que se hubiera pasado la plancha del pelo. Es muy educado y nos trata con mucha amabilidad y cordialidad,es una persona especial, distinta a nosotros pero cuyo mayor afán es que estemos bien y encontremos paz, relax y felicidad en su casa. Hay que buscar el estado zen.

Nos explica el funcionamiento del albergue. Cena vegetariana a las siete y media de la tarde (horario guiri), se paga todo tras ésta. El alojamiento son diez euros y la cena es la voluntad, tenemos que valorarla nosotros mismos. El desayuno igual.

Nos indica que en una alacena tenemos a nuestra disposición varios tipos de té e infusiones. ,café soluble, leche, galletitas y alguna cosa más, agua fresca en la nevera. Todo entra dentro del precio de la litera. Además también tenemos una clase de yoga a las ocho de la mañana del día siguiente. Creo que está bastante bien.

Como sólo tenemos sucias las dos equipaciones ciclistas, las lavamos  y nos vamos al centro del pueblo en busca de una buena cervecita y algo de comer.

Entramos en el Mesón Perrona y en un principio no nos gusta mucho porque parece el típico bar de pueblo donde los vecinos van a jugar las partiditas de cartas y de dominó. Tienen un comedor al fondo. Pasamos y el lugar ya me gusta más, es una especie de patio con un parral que nos da sombra. Comimos estupendamente, así es que os lo recomendamos.

 
El símbolo del albergue es un caracol, porque su objetivo es ralentizar el paso del tiempo

Volvemos al albergue a dormir un poco de siesta.  Al rato empieza a escuchar música hindú y conversaciones en la zona de estar. 

El huerto de Mincho

Sobre las seis de la tarde nos vamos a limpiar las bicis. Entramos en un supermercado que está cerca del albergue y compramos un desengrasante.

Tenemos al lado una gasolinera con lavado manual, así es que allí dejamos relucientes a nuestras compañeras de viaje. Paco les ajusta un poco el cambio, desengrasa y engrasa las cadenas, infla las ruedas.

Justo al lado del supermercado y la gasolinera hay una tienda de chinos, Isabel decide entrar a comprar una banderita para el Evo. Llevamos vistas demasiadas banderas extranjeras, suizas, alemanas, francesas, italianas, brasileñas etc y quiere que se la reconozca como española. El 90% de los peregrinos con los que nos hemos cruzado hasta León son extranjeros sin exagerar. No van a tener la extremeña, así es que se conforma con la constitucional.

Lo que no imaginé fueron las reacciones que íbamos a encontrar en los días siguientes. Hasta que no llegamos a casa y vimos las noticias no lo entendimos.

Cuando volvemos están todos en el jardín tomándose unas copas de vino, como no nos invitaron a unirnos al grupo y nos encontramos un poco desubicados nos sentamos sólos.

Nos llama Tomás para saber la planificación del día siguiente. Se la explicamos y nos trastoca todos los planes. Pensábamos llegar a Molinaseca pero nos convence de que nos quedemos en Rabanal del Camino por lo que ya no vale todo nuestro planning posterior, hay que diseñar un nuevo camino. Lo mejor es que al día siguiente tendremos que pedalear escasos 40 km.

Suena una campanita, es la hora de la cena. Hay montadas dos mesas, una más grande y principal  para los peregrinos ( la pareja madrileña, el alemán, una americana, dos samoanos y nosotros) y otra para Mincho, Asier, la cocinera y una guiri artista que parece que vive allí también.
 
Mincho coge la guitarra y se sienta frente a nosotros. Pienso que es todo un detalle que nos ofrezca música en directo para acompañar la velada pero nos dice que antes de empezar a comer vamos a dar gracias. Empieza a tocar y la cocinera canta (una voz preciosa dicho sea de paso). Es su forma de agradecer al universo y las fuerzas cósmicas los alimentos que hay sobre la mesa.
 
Termina la especie de oración y todos empiezan a hablar en inglés y ya nos terminamos de  desubicar del todo  pero la chica americana quiere practicar español y lleva el idioma hacia sus intereses por lo que podemos participar en la conversación.
 
De primer plato nos sirven la mejor crema de calabaza que hemos comido. Es muy suave y está buenísima. De segundo hay arroz integral acompañado de un guiso de berenjena aromatizado con a saber que hierbas.  No está malo pero tampoco nos gusta especialmente y de postre un dulce típico de Samoa que ha hecho uno de los peregrinos,  es parecido a la tarta de manzana pero la base por lo que no nos emociona el paladar.
 
Algunos se quedan en la mesa tomando infusiones pero nosotros nos vamos  a terminar de arreglar las alforjas y a prepararnos para dormir.Se nos acerca Mincho y nos dice que tiene que darnos unas instrucciones para el desayuno, para salir al día siguiente y para las clases de yoga. Lo acompañamos a la terraza y allí mantenemos una misticonversación muy agradable. Agradecemos el yoga pero no vamos a relajarnos tan temprano, aunque bien pensado como estiramientos debe de ser muy bueno. Entramos de nuevo y nos pone delante un cestito de mimbre donde debemos de poner el dinero del alojamiento y la valoración de la cena. Lo que no me gusta es que se queda allí esperando a ver que es lo que dejamos aunque entendemos que debe de hacerlo por los espabilados que le dejan un euro o menos. Ponemos el importe del alojamiento y diez euros por menú. Pensamos  que está bien pagado, no había un chuletón ni nada parecido, de beber sólo agua, las cervecitas las compramos nosotros y el vino los demás peregrinos.  Lo que más le valoramos es el trato y los momentos tan agradables que hemos compartido.
 
Todos nos vamos a dormir a eso de las diez de la noche y alguien apaga la luz y cierra la puerta de la habitación. Aún no nos hemos acostumbrado a la oscuridad cuando suena de nuevo la guitarra. Suenan voces por lo bajito. La serenata es breve, debe de estar dando gracias a la luna o despidiéndose del sol… ahora reina el silencio