Burgos – Frómista 68 km

A las seis y media de la mañana suena el despertador y comienza la rutina controlada de todos los días. El cuerpo ya se ha habituado y apenas se queja.

Bajamos a la cafetería poco después de las siete. Decidimos desayunar allí. Sólo hay café con sobaos o magdalenas. Pensamos  que habíamos vuelto a fastidiar con el desayuno pero cuando vamos a pagar la camarera dice que está incluido en la habitación ¡Estupendo! Tampoco podría exigir más dado el precio de la habitación.

El hotel está situado en las afueras y como es lógico en uno de los accesos a la ciudad. Hay mucho tráfico y está amaneciendo.

 

Tenemos el Arco de San Martín  relativamente cerca del Hotel y como es a partir de ahí desde donde podemos enganchar con las flechas amarillas, nos evitamos subir a la catedral .

Pedaleamos cómodamente por el acerado hasta que cruzamos el arco y una escalera hace que tengamos que poner pie a tierra.

Llegamos al amplio y bonito paseo fluvial del río Arlanzón, el Paseo de la isla. 

 Es un tramo tranquilo donde unas veces pedaleamos por la acera y otras a través de bulevares preciosos.

Sin pérdida accedemos al puente de Malatos, en el que nos hacemos la típica foto.

Seguimos callejeando hasta que el asfalto se convierte en tierra.

Empezamos a despedirnos de Burgos con la sensación de que nos ha quedado todo por ver, ya tenemos excusa para volver.

Nada más abandonar el asfalto comprobamos que las pistas tienen buen firme. Es fácil hacer kilómetros de esa manera. Encontramos a la primera avanzadilla de peregrinos y llegamos a Tardajos.

Nos sorprende y agrada el color amarillo de los campos después de la siega, es de una cromaticidad diferente a la de nuestra tierra, es un paisaje de serena belleza, madurada por el sol pero no abrasada.

Buscar los horizontes en las colinas cercanas junto al frescor de la brisa mañanera nos produce una agradable sensación.

Hemos pasado sin parar por Rabé de las Calzadas. Llegamos a Hornillos del Camino. En la primera tienda que vemos paramos a comprar  para hacer unos bocadillos. El tendero se ofrece a sellarnos las credenciales y nos estampa su sello.
Antes de marcharnos se cae la Orbea y se rompe el espejo justo por la parte que no se puede arreglar. Es el segundo en pocos meses..
 
El tendero nos ha dicho que a unos dos km  aproximadamente hay una zona con árboles donde podemos comer y descansar tranquilos.
Empiezan a pasar los km pero no encontramos el preciado oasis, no hay ni una sola sombra que nos proteja del tímido sol que nos viene acompañando todo el día, al final paramos en medio de la nada y allí repusimos fuerzas.

El terreno no tiene mucha dificultad pero no es exáctamente llano, es un sube y baja suave  pero continuo. Hay alguna cuesta un poco más exigente pero que se supera sin problemas. Lo más reseñable hasta este momento es la subida al albergue de San Bol. Pocos metros antes nos encontramos con una cruz de Santiago. Seguimos rectos obviando el desvio al albergue

Albergue de San Bol en medio de la nada

La subida de San Bol no es dura pero hace sudar a pesar de que llevamos viento a favor funcionando como un refrigerante natural. A su término no hay bajada sino una zona de llaneo.
 
Al poco de entrar en esta zona Isabel nota algo raro.  Nunca había sentido algo parecido,  es como si el espacio que le rodea la abrazara sin apretar y el viento aligerara de alguna manera el peso que arrastra y el suyo propio.
 
Es el cuerpo y mi mente que detectan la altura, les cuesta relacionar los llanos con esta altitud. Los que vivan en llano quizás hayan tenido alguna vez esta extraña percepción. Los sensores naturales no relacionan los llanos con los 900 metros de altitud que marca el gps.
 
 Y así, sin avisar, casi sin darnos cuenta,  tras una suave bajada, agazapada en el paisaje, aparece Hontanás

 No sabemos de que corremos pero lo cierto es que a pesar de que Hontanás nos pareció un pueblo bonito decidimos no parar.

La tendencia del terreno ha cambiado, la bajada es amable, nada agresiva. Nos permite disfrutar de cada pedalada y del paisaje.

Durante unos dos km aproximadamente avanzamos por camino para desembocar en una carreterita estrecha. Es la BU-P-4013

 
 

La carretera es un regalo en si misma  y además tiene guardada la sorpresa del día escondida tras una curva, las ruinas del convento de San Antón, antiguo hospital de peregrinos.

Descubrirlo fue como recibir un premio. A pesar de estar casi destruido ha sido el lugar que más nos ha impactado del camino, ni las majestuosas catedrales ni los monumentos más antiguos. 

Llegas y lo ves roto, a la espera de todo y de nada, frágil pero vivo. Con una sóla mirada reduces y comprendes su historia.

Como curiosidad os contamos que el emblema del monasterio es la Cruz de Tau. Aparece en sus muros y ventanas. Hay varias versiones sobre su origen y su antiguo uso pero lo que si está comprobado es que fue elegido como símbolo por los antiguos monjes antonianos (de San Antonio Abad) que  regían el monasterio. Hay quienes argumentan que San Francisco de Asís la tomó para su causa cuando haciendo peregrinaje a Santiago, visitó el monasterio. También fue usada en las cruzadas por los todopoderosos templarios como signo identificativo de su  fé

 Flanqueados por fresnos llegamos a Castrojeriz

Iglesia de San Juan

Las flechas nos dan un largo paseo por todo el casco histórico, encontramos varias calles cortadas por obras y muchas casas en rehabilitación, aquí la construcción no está en crisis. Realmente es un pueblo precioso con muchas casas blasonadas y que merece una visita tranquila pero a nosotros parece que nos han puesto un cohete desde que entramos en Castilla y únicamente paramos a rellenar los botes de agua, no sabemos de donde nos salen las prisas.
 
Desde Castrojeriz divisamos al llamado Teso de Mostelares y nos hacemos una primera idea de su dificultad.  Bajamos hasta un puente de madera que nos permite cruzar el río Odrilla. Hay señalizado un desvío para bicicletas pero como vamos envalentonados y elegimos ir  por donde los caminantes.

Hay que  tomárselo con calma porque es una de esas ocasiones en las que el viento se para de una manera misteriosa cuando más lo necesitas. El fresquito se ha convertido en una calor insoportable y el sol quema en los brazos. Vamos dejando charquitos de sudor cada vez que paramos.

Subimos cada uno a nuestro ritmo y como podemos. Isabel se baja de la bici en el lugar menos aconsejable cuando se va un poco apurado.

José acabó con sus días terrenales en ese mismo lugar y hay un monolito en su recuerdo. BUEN CAMINO , allá donde estés

La subida se hace dura incluso para los caminantes.

Hay un tramo final que no se ve hasta que das una curva que te acaba de fundir del todo.
 
Arriba nos encontramos  varios peregrinos descansando en una zona habilitada para ello.
 
Allí por fin corre de nuevo el aire, nos hidratamos y una vez recuperado el aliento iniciamos la bajada.
Cuando te asomas para ver la bajada contemplas como el camino rompe la monotonía de los eriales. Es como una arteria por donde fluye la vida.
 
Estamos en el mejor mirador de  la tierra de los palomares, frente a la comarca de “Tierra de Campos” también conocida como el granero de España
 
Los primeros metros tienen bastante pendiente y es lo que la hace peligrosa además el Evo empuja. Los frenos chirrían todo lo que quieren y más. Huelen a quemado
Nos encanta la bajada, es muy disfrutona, el camino es complaciente y nos permite coger relativa velocidad. De no haber peregrinos hubiera sido mucho más vertiginosa, pero por seguridad hay que frenar cuando nos acercamos a ellos para que no se asusten y se nos crucen.
 
Llegamos al albergue de San Nicolas y paramos a sellar.  Esta antigua parroquia hoy es un albergue gestionado por una congregación italiana que se encargó de su reconstrucción.  Su sobriedad es la base de su belleza. Invita al recogimiento.

Continuamos bajando hasta llegar al Río Pisuerga ( el mismo que pasa por Valladolid ), lo atravesamos por el Puente Fitero o de la Mula. Acabamos de abandonar Burgos y entramos en Palencia. El primer pueblo palentino, Itero de la Vega, lo pasamos sin parar.

Llegamos a Boadilla del Camino, lugar peregrino sin dudas, pero que nosotros decidimos pasar sin parar.
 
El Canal de Castilla siempre nos ha llamado la atención por ser una obra hidráulica de gran calibre para los tiempos en los que se ejecutó. Nada más verlo, el paisaje cambia por completo, la sombra nos protege y el agua ha bajado la temperatura, disfrutamos de un paseo muy agradable.
Llegamos a las 14.45, no está mal para nosotros, hemos conseguido el objetivo de dormir siesta en el albergue. Tenemos reserva en La Estrella del Camino  www.albergueestrelladelcamino.com  
 
Nos gusta el albergue, está muy limpio y su decoración está cuidada. Es como una casita rural. Lo que no nos gusta es que el baño es compartido, en algunas puertas si que diferencian el género pero todo está dentro de la misma zona. No me parece una buena idea compartir duchas y retretes.
 
Guardamos las bicis en un garaje, nos duchamos y nos vamos rápido hacia el restaurante que nos ha recomendado el dueño. Lo primero que hacemos es tomarnos unas jarritas de cerveza para premiarnos el esfuerzo y después pedimos el menú de la casa. Bastante bien, comida abundante y rica.
 
No nos apetecía mucho pasear por el pueblo  así es que pasamos la tarde en el albergue, descansando y pendientes de la ropa ya que por primera vez hemos pedido que nos pongan una lavadora.
 
Hay un jardín donde se está estupendamente. Allí planeamos nuestro gran reto, llegar a Mansilla de las Mulas en la siguiente etapa, sobre el papel son sobre 100  km.
 
En la cena nos colocaron junto a otros ciclistas catalanes. Fuimos los últimos en ponernos en la mesa (todos) y los últimos en salir del restaurante. Fue una velada agradable compartiendo anécdotas camineras y los proyectos del día siguiente. El más joven quería pasar la barrera de los cien km ya que nunca lo había hecho.
 
El hospitalero nos cuenta que en el albergue de Boadilla se han ido al otro mundo cuatro peregrinos en los últimos años, fue un comentario dentro del contexto de la conversación pero que a nosotros nos ha hecho borrar dicho albergue de posibles futuribles. Sólo de pensar que alguien ha podido morirse en la litera en la que dormimos  nos pone los pelos como escarpias. Nos deseamos todos buenas noches y cada mochuelo a su litera.